Un funeral y una realidad

En la Sala Experimental del Centro Cultural BOD, la nueva agrupación 4X4 Producciones presenta Te dejo la corona, texto de Karin Valecillos y dirección de Giovanny García. 

Cuatro amigas se encuentran en un funeral con la intención de establecer contactos, encontrar el amor, codearse con gente de clase alta y conseguir trabajo. Con esta premisa, comienza un texto de apariencia ligera y fino humor negro que acerca al público a una visión más de la realidad del país. Daniela, Isabel, Rosalba y La Chiqui tienen intenciones muy claras cuando asisten al funeral, aunque nada les sale bien. Entonces, sus dramas personales salen a flote para revelar que la sociedad venezolana se ha dedicado cada día más a valorar los contactos, las apariencias y el qué dirán por encima de los esfuerzos personales, el nivel educativo y los sentimientos. Sin embargo, la dramaturgia apela a la comedia y una serie de referencias culturales de la actualidad para que el público se divierta y el trago no sea tan amargo. He aquí la virtud del texto. 
La dirección propone una puesta en escena que refuerza el humor negro del texto. El público es recibido como si asistiera a un funeral para después encontrarse con un espacio con cuatro sillas cargado de coronas decoradas de manera exagerada. En este sentido, la escenografía diseñada por Oscar Salomón se percibe atinada. A partir de aquí, los desplazamientos escénicos se plantean con la distribución equilibrada de las actrices, pero siempre enfocados en resaltar las situaciones humorísticas. Éstas son apoyadas con la acertada propuesta musical de Eduardo Luis Hernández. Es necesario resaltar la imagen que proyecta cada personaje. El vestuario, los accesorios y el maquillaje se complementan perfectamente para reflejar la esencia de cada rol y, en especial, asumir una apariencia distinta dentro del funeral que enmarca el argumento.
El trabajo actoral mantiene una línea realista con algunos toques del exceso propio de la comedia. Los mejores trabajos son de María Alesia Machado como Rosalba y de María Gabriela Díaz como Daniela. Ambas se conectan con la realidad de sus roles. Por su parte, Carla Muller trasmite las intenciones de La Chiqui hasta el punto de vincularse con sus sentimientos, mientras que Diana Díaz logra la imagen y se conecta con los deseos de Isabel, pero son personajes que se irán afianzando durante las funciones.
En fin, me encuentro frente a un grupo que podría seguir una línea de teatro que toque temas comprometidos a través del humor para invitar al espectador a divertirse, pero también a pensar acerca de los que está viendo y proyectarlo a la realidad.

Amor y felicidad

El Teatro Santa Fe, ubicado en la Torre del Colegio de Médicos, se ha consolidado como una alternativa más en la oferta teatral de Caracas. En una de sus salas, se presenta La máxima felicidad, texto de Isaac Chocrón, producción de Carlos Scoffio y dirección de Nelson Lehmann. 

Perla, Pablo y Leo conforman una familia o un experimento, como le llama Pablo. Han traspasado sus prejuicios y lo de la sociedad para alcanzar una felicidad máxima que descubren que solo se logra entre tres. Con esta premisa, el maestro Chocrón reflexiona sobre el amor y el ideal de felicidad que sobrepasa la visión social en un texto que nunca perderá su vigencia. 
La puesta en escena asume el realismo como estética del montaje en vinculación con el estilo del argumento. Aprovecha la distribución bifrontal de la sala para ubicar en el medio de los espectadores todos los elementos escénicos que representan el apartamento donde viven los personajes, quienes deambulan por la escena en correspondencia como se desarrolla la trama. El estilo contemporáneo que luce el espacio se refuerza en ciertos aspectos que actualizan las situaciones de un texto escrito hace 40 años como el uso de aparatos portátiles de sonido con audífonos. En este sentido, la propuesta escenográfica luce acertada al mostrar un ambiente común que comparte el trío. Por su parte, el diseño de vestuario de Raquel Ríos también ofrece un aire actual a los personajes sin traicionar su esencia: el paso a la vejez, la adultez y la juventud.
Complementa la propuesta, el diseño lumínico de Gerónimo Reyes que parte de la oscuridad mientras las luces se van encendiendo hasta abarcar todo el escenario demarcando con claridad el realismo de la escena y se desaparece sutilmente hasta llegar al oscuro total en el final. Mención aparte la selección y música original de Nacho Huett que apoya con certeza las atmósferas que se producen durante la representación.
En las actuaciones, se destaca el trabajo de Mayte Parias como Perla con una capacidad extraordinaria de transmitir el paso de un sentimiento a otro a lo largo de la trama. Se percibe atinada en gestos e intenciones. Gonzalo Cubero maneja sutilmente pero con verdad y seguridad la caracterización de Pablo. Es excepcional en sus expresiones y movimientos. Por su parte, Jornell Ariza como Leo consigue la imagen corporal del rol, pero se limita a la hora de transmitir los sentimientos. Por momentos, es capaz de ir más allá en sus emociones aunque debe reforzar la proyección vocal.
Textos como este invitan a revisar la dramaturgia de los maestros venezolanos y un montaje bien realizado invita a apreciar el buen teatro.

Intolerancia e instinto animal

En la Sala de teatro 1 del CELARG, el grupo REPICO presenta Dos amores y un bicho, texto de Gustavo Ott y dirección de Consuelo Trum.

Una familia constituida por padre, madre e hija muestran sus desavenencias luego que la hija recuerda que el padre estuvo preso hace algunos años. Ott crea un texto donde narración, descripción y diálogo se integran para hablar de la intolerancia y el instinto animal presente en el ser humano. Pablo, el padre, es capaz de asesinar a un animal porque no tolera su homosexualidad, Karen, la madre, advierte quién es realmente su esposo aunque siempre trató de olvidar el suceso y Carolina, la hija, no acepta la violencia injustificada porque es veterinaria y trabaja en su zoológico al cuidado de los animales. Presente y pasado se mezclan en un excepcional juego del lenguaje mientras la historia se va organizando en la mente de los espectadores. 
La dirección se ajusta al estilo del texto creando una puesta en escena donde la revelación de la teatralidad y el simbolismo van de la mano. Un gran rectángulo demarcado sobre el escenario y tres sillas constituyen el espacio donde se desarrolla la acción. Es como si el público percibiera a los personajes dentro de una jaula, sin embargo estos se acercan al público por momentos. Con el desplazamiento de los actores y de las sillas, se arman las situaciones. Esto se apoya en la atinada propuesta de iluminación de Lina Olmos. El planteamiento lumínico se convierte en un símbolo más que delimita y destaca cada momento de la acción. En cambio, el diseño de vestuario es más realista, si bien los personajes mantienen la vestimenta durante toda la representación trasmitiendo una idea clara de cada uno: el estilo clásico del padre, la madre que quiere verse sensual y el trabajo en el zoológico de la hija. Resalto el apropiado uso del video donde otros personajes interactúan con los actores en escena.
Las actuaciones están bien logradas. Adolfo Nittoli representa a Pablo, el padre, con un ajustado manejo de las intenciones, fuerza y sutileza cuando lo requiere. Captura la esencia del hombre prejuicioso que justifica sus actitudes. Karolains Rodríguez como Karen, la madre, demuestra veracidad en las diferentes estado por los cuales transita el personaje. Miling Cabello como Carolina, la hija, se percibe correcta en el manejo realista que plantea para el rol.
En definitiva, un montaje bien realizado que invita a pensar acerca de la incapacidad de algunos seres humanos por aceptar las diferencias de los otros. Los seres humanos tenemos la animalidad dentro de nosotros, parece que sólo hace falta el toque exacto para que salga a relucir.

El teatro también es rosa

En la Sala Experimental del CELARG, se está celebrando por primera vez en Venezuela el Festival de Teatro Rosa “Estamos aquí”. Este evento, organizado por Elvis Romero y Bruno Mateo, tiene como intención reunir una muestra de montajes que abordan la temática de la diversidad sexual para así reivindicar a la llamada comunidad LGBTI del país. Además, incluye exposiciones, conferencias y lecturas dramatizadas.
El festival es algo novedoso en un país profundamente machista y que ve la diversidad sexual con una carga de prejuicios. Al diferente se le percibe mejor a través de los chistes que solo reflejan un estereotipo. Para muestra, están las expresiones homofóbicas de varios representantes del gobierno nacional y que han recibido el rechazo de una serie de organizaciones.
Dentro de la muestra, tuve a oportunidad de apreciar el monólogo: Un hombre, cuatro estaciones, dramaturgia y actuación del cubano Luis Carlos Boffill y dirección de José Manuel Peña, quien falleció antes del estreno de la primera temporada de la pieza.
Ernesto relata la historia de Miguel Ruiz, homosexual, que se crió desde muy pequeño a su lado en La Habana. Miguel tuvo que transitar una vida de desprecio, humillación y frustraciones debido a su sexualidad, sin embargo esta condición no evitó que Ernesto se hiciera su amigo y lo comprendiera desde su heterosexualidad y desde el ideal machista presente en la mayoría de las sociedades latinoamericanas. Con este argumento, Boffill crea un texto que mantiene la estructura clásica del monólogo. La pieza es una confesión de Ernesto a los espectadores mientras relata la vida de Miguel.
La puesta en escena creada por Peña es sencilla pero precisa. Se concentra en la historia que se cuenta con la recreación de algunas situaciones para dar mayor fuerza al drama. Los elementos escenográficos son los mínimos, aunque un mueble es el mayor punto de concentración. La trama se desarrolla con buen ritmo e intensidad. El público es conducido por las vidas de Ernesto y de Miguel dejando a cada uno la capacidad de juzgar e interpretar los sucesos. El único aspecto discordante es la iluminación que no abarcaba todos los espacios del escenario y no cubría el mueble cuando éste se iluminaba directamente. A veces, la premura de un festival, que exige el montaje y desmontaje de cada espectáculo, conlleva a estos fallos.
Sin embargo, la actuación de Boffill llena el escenario con veracidad e intensidad. Cada situación relatada es vivida sobre la escena con cuerpo y voz.
Queda de nuestra parte seguir viviendo con prejuicios o respetar y comprender al otro en sus diferencias e ideas.

Bohemios y compadres

El Espacio Plural del Trasnocho Cultural posee una oferta atractiva. En el horario vespertino, Encuadre Teatral y NM Producciones presentan Postales de bohemia, producción general de Norma Monasterios, dramaturgia y dirección de Katty Rubesz.

Seis personajes icónicos de la bohemia latinoamericana del siglo XX coinciden en una plaza. Pita Amor, poetisa mexicana, Ana Jacinta Crespo “Ninón”, primera humorista gráfica de Venezuela, Francisco Delfín Pacheco, pionero de la música cañonera, y Rafael Michelena Fortoul “Chicarrita, poeta gastronómico larense, son reunidos por Conny Méndez, artista venezolana, polifacética y creyente de la metafísica cristiana. Con este grupo de personalidades, Rubesz crea una serie de escenas que sirven para descifrar sus virtudes y defectos. Comedia, amor y, sobre todo, música ocurren en el escenario para mostrarnos una parte de lo que somos como continente y como país. 
El trabajo actoral con apoyo del canto están bien logrado. Marisol Matheus como Pita, Norma Monasterios como Conny, Claudia Nieto como Ninón, Jesús Hernández como Chicharrita y Jean Manuel Pérez como Francisco capturan la esencia de cada rol, acompañados cabalmente por Mery Rosales como Ruperta. Una iluminación precisa para marcar los cambios, un vestuario que maneja apropiadamente el símbolo de cada carácter y la encomiable dirección musical de Rafael Pérez Muñoz complementan esta propuesta que permite mirarnos con esperanza frente a la crisis que vivimos.
En el horario nocturno, Jota creativa presenta Compadres, texto de Javier Vidal, producción de Samuel Hurtado y dirección de Julie Restifo. La pieza muestra la relación entre Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez desde el movimiento de Aclamación del primero cuando vuelve a la presidencia de Venezuela y la traición del segundo cuando asume el poder aprovechando que Castro está de viaje en el exterior. La relación entre los “compadres” es el eje central del texto para mostrar una Venezuela dominada por las ansias personales, el egocentrismo y la ignorancia.
Una ambientación correcta en el estilo de la época, acompañada de un diseño de vestuario excepcional, forman parte de una puesta en escena bien conducida. Las actuaciones de Juan Carlos Gardié como Castro y Antonio Delli como Gómez son veraces en el manejo corporal y el matiz vocal de los “gochos”, secundados por la labor cabal de Jan Vidal como Eleazar López Contreras y Laura Gardié como la “Ninfa”.
Las situaciones del montaje se me hacen muy parecidas a la actualidad. El país no ha cambiado o los venezolanos tropezamos siempre con la misma piedra. Para pensar.

Sin escape de los otros

En la Sala Cabrujas de Cultura Chacao, el grupo La Salamandra presenta No exit, basado en la obra A puerta cerrada de Jeal Paul Sartre, dirigida por Loredana Volpe. 

Tres extraños coinciden en una habitación al ser guiados por un mayordomo. Con el pasar del tiempo, van descubriendo que estarán ahí por la eternidad para torturarse unos a otros con sus deseos y frustraciones. 
Esta pieza icónica del existencialismo demuestra la tesis de que “el infierno son los otros”. A partir de esto, el montaje comienza con un momento clímax de la obra que conecta al espectador antes de contar la historia de principio a fin. La escenografía propone un espacio blanco en paredes y muebles cubiertos con telas. Este sitio impoluto contrasta con los sentimientos de maldad que transmiten los personajes. De igual forma, el vestuario marca un estilo en cada rol aunque éste se vaya perdiendo con aquello que expresan.
La dirección se concentra más en el diálogo que en las acciones físicas dando al texto una importancia vital. Por ello, los actores permanecen sentados y se desplazan solo lo necesario, sin embargo se ubican erróneamente en un solo lado durante los momentos en que interactúan muy de cerca. Esto perjudica el equilibro de la escena. De igual forma, se debe evitar solapar a aquellos que se ubican atrás, aunque en ese momento no lleven el peso de la trama.
El ritmo y la fuerza aumentan progresivamente logrando una atmósfera asfixiante de la que no se  puede escapar. De ahí, se usa el nombre “No exit” (Sin salida) para el espectáculo. Es importante mencionar los momentos que rompen con la trama para mostrar el verdadero estado interno de los personajes, apoyados por el rompimiento de la iluminación que emplea colores cálidos.
En las actuaciones, se destaca la labor de Fabiola Arace como Estelle Rigault, una mujer que esconde sus pasiones y culpas con una imagen de clase. Ella maneja apropiadamente el texto ajustado a las intenciones de su personaje. Es secundada por Reinaldo Navas como El Mayordomo, quien crea una forma extraña, lenta y precisa en cada gesto y palabra que expresa, ofreciendo el tono adecuado del rol. Por su parte, Loredana Volpe como Inés Serrano, amante de las mujeres y atormentada por la culpa, y Edmundo Bianchi como José Garcín, un cobarde que se enorgullece de haber atormentado a su mujer, muestran intensidad y presentan una imagen de los personajes, pero son débiles en el manejo de los matices. Es necesario comprender que el peso del matiz va en el verbo de cada frase.
En fin, me encuentro con una agrupación que se arriesga con un texto complicado. Hay que estar atento a la trayectoria que desarrolle.

La levedad de la adolescencia

En el Teatro San Martín, el Centro Nacional del Teatro presenta su producción Leve, texto de Karin Valecillos, dirección Ariel Bouza.

Cuatro jóvenes experimentan sus deseos, miedos y frustraciones compartiendo en la azotea de un edificio para demostrar que el paso por la adolescencia no es tan leve como parece. Con esta premisa, se presenta una dramaturgia desestructurada que se ensambla en la mente del espectador. Una serie de escenas inconexas muestran pequeñas situaciones que reflejan el espíritu adolescente que, pese al avance de la tecnología y el cambio de época, parece constante en cada generación. Sin embargo, esta realidad fragmentada crea una pieza débil en su conjunto porque las escenas se suceden una tras otra sin relación y sin conflicto definido. 
La ausencia de progresión dramática conduce a la dirección a plantear una serie de juegos escénicos que ofrecen variedad sobre el escenario, pero no resuelven la inconsistencia del texto. Una serie de maletas que se trasladan para armar diferentes espacios y una estructura hecha de cuadros de tela que constantemente flota, se cuelga o se coloca como sobre piso forman parte de los cambios entre una escena y otra. Esto también compromete el ritmo pese a la riqueza visual e imaginación en el uso de los elementos. Los adolescentes de la actualidad son más dinámicos de lo que vemos en escena.
En cambio, el inicio de la propuesta tiene mayor significado con los jóvenes entrando como parte del público vestidos como si llegaran de sus estudios de bachillerato y se cambian frente a los espectadores para mostrarse como son. El pertinente diseño de vestuario de Gabriela Montilla y la correcta iluminación de Alfredo Caldera también son atributos de la puesta en escena.
El trabajo actoral tiene altibajos. Los cuatro intérpretes poseen la edad para representar a los protagonistas de la pieza, pero los asumen como si fueran distantes a ellos, en vez de aprovechar la naturalidad. En este sentido, Moisés Rivas como Monchi y Wahari Meléndez como Andrés se perciben más cercanos a la intención que proyectan los personajes. Rivas es suelto y Meléndez un poco rígido. Por su parte, Karlyn Alquinzones como Caro y Zair Mora como Yéssica poseen la imagen pero no la veracidad interna que exigen sus roles, en especial Mora porque no maneja correctamente la dicción al intentar representar el habla de algunas jóvenes presumidas de la actualidad.
Me gustaría haber disfrutado del montaje con varios adolescentes como público para ver sus reacciones frente a una propuesta que pretende hablarles directamente a ellos, aunque para mí lo logra con mucha levedad.

Limbos honestos

Como parte de su actividad formativa y de proyección de sus estudiantes, La Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE) posee la Compañía Universitaria de las Artes. Precisamente, el área de Teatro de la Compañía presentó Limbos, espectáculo creado a partir de Obituario y Mínimas de Xiomara Moreno, en los Espacios Cálidos de la universidad.

Cuatro directores reinterpretaron ocho textos de Moreno creando una puesta en escena ajustada, en su mayoría, al estilo de cada uno.  La dirección de arte y vestuario, a cargo de Efrén Rojas, refleja la estética minimalista del montaje. Las piezas se desarrollan sobre tarimas con los elementos necesarios para el desarrollo del argumento mientras que el público se desplaza de una representación a otra para ver cómo el tono del espectáculo cambia del drama a la comedia. 
Obituario es la primera obra con dirección de Miguel Issa. Cuerpo y voz se integran cabalmente en una recreación simbólica donde el movimiento escénico, en conjunto con varias sillas, va armando la atmósfera para el relato. Un trabajo actoral cabal a cargo de Argenis Ciriaco, Jivina Irazabal, Joseph Rivero y Cesar Augusto Roa.
La manzana de la discordia es presentada con una serie de “gags” y referencias al cine y la televisión. Las actuaciones de Karlyn Alquinzones y Argenis Ciriaco fueron honestas con buen manejo de la corporalidad y vocalización, gracias a la dirección de Costa Palamides. Vida de pajaritos es el trabajo más débil. La voz en off de la madre y el mal manejo de la atmósfera demostraron una mala conducción por parte de Juan José Martin.
En La I griega, Palamides propone una serie de desplazamientos que exteriorizan los sentimientos de los personajes a través del cuerpo. En general, se logra la intención de texto con la labor actoral de Catherine Tadger y Joseph Rivero, aunque la primera se sintió desconcentrada. Todo nuevo es un monólogo que muestra la franqueza y veracidad Argenis Ciriaco gracias a la correcta dirección de Diana Peñalver.
Con De una mujer, Diana Peñalver divide la historia de una mujer perturbada en una relatora y varias mujeres que hacen eco de sus angustias y frustraciones con buena labor interpretativa. En Todas las salidas son ciegas, Juan José Martín concentra a lo mínimo el desplazamiento para que los actores se luzcan en su manejo de las intenciones.
Por último, Memorias de un viaje, logra la interacción del público que rodea a los actores para vivir una experiencia en el metro de Caracas. La comedia y la tragedia estuvieron bien conducidas por Diana Peñalver.
En fin, un trabajo honesto por este grupo de actores formados académicamente.

Evita caricaturesca

En La Caja de Fósforos, ubicada en la Concha Acústica de Bello, el Teatro del Contrajuego presenta Eva Perón, texto del argentino Raúl Damonte “Copi”, dirección de Orlando Arocha.

La muerte de Eva Perón es revisada por Copi con un tono grotesco cercano a la farsa para recrear los que podrían ser los últimos momentos de su vida y presentar una alternativa. Esto se complementa con un prólogo en que los espíritus de Copi y Eva se encuentran para realizar una entrevista que termina siendo una parodia como toda la propuesta. 
La dirección se sustenta en esto para crear un espectáculo de atmósfera circense en decadencia que se percibe en la dirección artística. Todo el escenario es cubierto con bolsas negras para basura decoradas con puntos junto a bombillos y bolsas de suero colgadas. El vestuario y caracterización de Freddy Mendoza se destaca por el estilo que logra en cada rol. Todos llevan la cara blanca con narices rojas acompañados de una atinada propuesta de peluquería. Además, los personajes se reconocen por su corporalidad exagerada y su forma de expresarse.
En este sentido, la escena posee buen dinamismo en la entrada, desplazamiento y salida de los personajes durante el desarrollo de las situaciones. La intención nada realista del argumento es evidenciada en las acciones escénicas. Esto demuestra la claridad con que se orientó la puesta en escena.
Todos los personajes son asumidos por mujeres. Las actuaciones integran de forma excepcional la forma externa y caricaturesca en que se concibieron los personajes y el contenido orgánico que logran las actrices en su interpretación. La labor de Nattalie Cortez como Copi y Eulalia Siso como Eva en el prólogo demuestra veracidad y fuerza. Luego, Ana Melo que asume a Eva durante al pieza como tal, Diana Volpe como la Madre y, en especial, Nakary Bazán como Ibiza, Evelia Di Gennaro como la Enfermera y Haydée Faverola como Perón conducen la trama con intensidad y franqueza.
Ahora bien, el trasfondo del montaje es aquello que posee más fuerza. Durante la representación, los personajes expresan frases de un marcado contenido político que pueden vincularse con la actualidad venezolana como: “Los pobres solo sirven ayudar a políticos que están deseosos del poder…” Esto vuelve a demostrar la capacidad del teatro para enfrentarnos con la realidad y servir de vehículo para la reflexión. Pensemos sin en realidad “Eva vive” como se expresa en la obra o si su imagen es comercializada y aprovechada para justificar una tendencia populista que no se vincula con la época en que vivió. Ahora pensemos en Venezuela. He aquí la virtud de la obra de Copi y del montaje.

El bingo que no se juega

En la Sala de Teatro 1 del CELARG, el Centro Nacional de Teatro y el Teatro del Duende presentan su coproducción Bingo, texto de Román Chalbaud, producción de Karla Fermín y dirección de Costa Palamides. 

Andy Ramírez llega a un asilo para trabajar como la persona que canta el bingo, sin embargo descubre que va quedarse en él y debe compartir su estadía con una serie de personajes que viven a merced de sus deseos sexuales. 
Con esta historia de toques absurdos, la dirección propone una puesta en escena sencilla con desplazamientos lado a lado de los personajes a la hora de desarrollar las situaciones. Para ello, dispone del diseño de escenografía y vestuario de Silvia Inés Vallejo que evoca a un manicomio con el color blanco de la ambientación, dividida en espacios para representar los cuartos de los internos y uno central con cortinas de dibujos de angelitos en contraste con las actividades lúdicas y sexuales que ocurren detrás de ellas. Sin embargo, el uso de estos lugares pudo aprovecharse más, en especial, durante los momentos cuando la transparencia debía ser total para que las acciones sean apreciadas por el público ubicado en los laterales. El vestuario se percibe más atinado a la hora de reflejar el estilo de cada personaje como la clase de la Sra. Düsseldorf, la sensualidad envejecida de Patty Thompson o la necesidad de sobreprotección de Andy que se muestra cargado de elementos.
Las actuaciones están ajustadas al carácter que va delineando cada personaje durante el desarrollo de la historia con Aura Rivas como la Sra. Düssedolf y Francis Rueda como Patty Thompson a la cabeza. Ambas ofrecen fuerza y verdad a sus interpretaciones. Por su parte, Gladys Prince saca provecho de Maggie, la enfermera, al expresar de forma idónea los cambios de humor junto a diferentes fragmentos de canciones que interpreta. Por su parte, Ludwig Pineda transmite de forma correcta las ansias y carencias de Andy Ramírez y Vito Lonardo ofrece intensidad y franqueza como Paul Robinson, el doctor.
Pese a todo lo anterior, el montaje presenta cierta debilidad porque parte de un texto simple en su estructura. Chalbaud rompe con la temática que se aprecia en la mayoría de su dramaturgia y crea un argumento casi carente de conflicto que le impide una adecuada progresión dramática. El conflicto inicial es la llegada e imposibilidad de escape de Andy, sin embargo éste no se desarrolla y apela más a las desavenencias internas de los otros personajes de las cuales no explica sus causas ni el por qué llegaron a vivir en el asilo. Esto hace que todo avance con situaciones inconexas y se diluya la premisa central. Esta es mi opinión.